La lección de Sanguinetti

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Se me hace cuento

Julio María Sanguinetti es uno de los más lúcidos ex presidentes del mundo.

El ex presidente de Uruguay, Julio Sanguinetti. Ilustración: Hugo Horita

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Recientemente disfruté del privilegio y el honor de compartir la presentación de un libro con el ex presidente Julio María Sanguinetti; uno de los más lucidos ex presidentes del mundo. Cada vez que lo leo en los diarios sé que me encontraré con un punto de vista iluminador o revelador. Sanguinetti posee la rara virtud de señalar algunas verdades evidentes que el sentido común estropeado de una época se niega a reconocer o enfrentar. Sus denuncias del fundamentalismo islámico o del sesgo dictatorial de la izquierda marxista son algunos de sus aportes a la democracia y a la libertad, que no por repetidos son menos fundamentales.

Presentamos en conjunto el libro de Gerardo Stuczynski, Historia de Israel. Este ensayo novelado parte de una hipótesis de trabajo muy estimulante: comparar el fracaso de la revolución cubana de 1959 con el éxito de la democracia israelí, fundada como tal en 1948. Las palabras de Sanguinetti fueron tan esclarecedoras que, al día siguiente, lo primero que hice fue salir rumbo a la librería del shopping montevideano a comprarme el último libro del ex presidente. Se llama El cronista y la Historia: recorre no sólo algunos de los temas candentes del Uruguay contemporáneo sino sus puntos de vista sobre los distintos experimentos revolucionarios de los años 60 y, mi capítulo favorito, el final agónico de la democracia uruguaya en los años setenta.

Antes de pasar a comentar ese capítulo titulado El eclipse, quiero resaltar algunos de sus valientes enfoques, a menudo políticamente incorrectos, como cuando deshace el mito del “charruísmo”, un movimiento indigenista que pretende una reivindicación insostenible- tema absolutamente relevante para los argentinos-; o su defensa irrestricta del laicismo y el derecho al aborto legal en el imperdible capítulo La República laica. Si bien el charruísmo tiene un paralelo directo con el mapuchismo en Argentina, es en la devoción de la izquierda marxista uruguaya por la salida autoritaria, en el ocaso de la democracia oriental, en 1973, donde quiero hacer un especial hincapié, por su referencia directa a nuestra historia, en particular el apartado titulado La izquierda extraviada.

En febrero de 1973, tanto el Partido Comunista de Uruguay como los Tupamaros- la bizarra guerrilla marxista y castrista que se proponía destruir una de las democracias más estables de Hispanoamérica- propiciaban la toma del poder por parte de los militares, para ellos una opción superadora a lo que caracterizaban como el “rosquero” sistema democrático uruguayo. El diálogo, las diferencias en libertad, la lentitud de las decisiones consensuadas entre oficialismo y oposición, sin violencia, eran consideradas por estas sectas extremistas como pecaminosas, en contraste con la “eficacia” violenta de los grupos armados, incluyendo las fuerzas armadas sediciosas. Preferían el asalto al poder de las Fuerzas Armadas, antes que el paso firme pero lento de la democracia liberal. Algo muy similar ocurrió en Argentina con el apoyo del Partido Comunista argentino a la dictadura de Videla, en consonancia con el garante más estable y permanente de el Proceso: la Unión Soviética. Y nunca sobra citar la memorable entrevista de Gabriel García Márquez a Firmenich en 1977: el jefe montonero aclara que sabían perfectamente del advenimiento del golpe y consideraron su ejecución como un avance en su propia estrategia: cuanto peor, mejor. El desprecio del ERP- Ejército Revolucionario del Pueblo- por la democracia argentina, también está debidamente documentado, por los propios sobrevivientes de aquella secta guevarista y sus historiadores de cualquier signo. Pero recientemente otro libro ha venido a documentar aún con mayor precisión un episodio inquietante. Se trata de Primavera sangrienta, la nueva entrega de uno de nuestros mejores cronistas de los años 70: Marcelo Larraquy. En mi opinión, junto a Roberto Caballero, Larraquy ha escrito uno de los dos mejores libros sobre los años 70: Galimberti; un podio que comparten con Recuerdo de la muerte de Miguel Bonasso.

El episodio al que quiero referir es el secuestro del luchador antifascista Oberdán Salustro. El 21 de marzo de 1972, durante el régimen militar de Lanusse, el ERP secuestra a Salustro, el director del grupo Fiat en Argentina. ¿Su pecado? Dar trabajo a los obreros argentinos. Los asesinos del ERP sabían perfectamente que Salustro había luchado, arriesgando su vida, contra Mussolini en Italia, menos de treinta años atrás. Era un renombrado luchador antifascista. No había ninguna relación entre su secuestro y la aceleración del proceso democrático en Argentina: por el contrario, Lanusse ya había anunciado su determinación de ceder el poder en elecciones libres, y el secuestro de Salustro no hacía más que entorpecer el regreso y seguro triunfo de Perón, al que, por otra parte, el ERP se oponía denodadamente. No querían reemplazar a Lanusse en elecciones democráticas, sino por una dictadura marxista. El libro de Larraquy cuenta con una precisión milimétrica cómo el ejecutor del secuestro quiere asesinar al luchador antifascista, Oberdán Salustro, a las 48 horas, y aún se queja de no haberlo hecho. Y, dramática y trágicamente, cómo el luchador antifascista Salustro es finalmente asesinado, luego de menos de un mes de cautiverio, cuando los secuestradores son descubiertos por la policía. Los criminales podrían haber huido sin daño, dejando vivo al rehén. Eligieron, a sangre fría en todos los sentidos, asesinarlo. Sin justificación, sin necesidad, sin piedad. La reflexión corre únicamente por mi cuenta: quizás lo mataron precisamente porque era un luchador antifascista. w

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