El mágico mundo de las 24 Horas de Le Mans

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Un periodista de Clarín vivió desde adentro una de las carreras con más mística en el automovilismo internacional. 

El brillo de las 24 Horas de Le Mans también se nota de noche en la histórica pista.Foto: AP

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Cuando Georges Durand, fundador de un club de automovilismo, les solicitó en 1922 a Charles Faroux y a Emile Coquile que diseñaran y organizaran una carrera de ocho horas de duración, con la obligación de que cuatro de ellas fueran de noche, y cuando enseguida Jean-Marie Lelievre, miembro del mismo club y amigo de Durand, propuso que en lugar de ocho fueran 24, ninguno de aquellos cuatro hombres pensó que sembraban la semilla de lo que con el tiempo se convirtió en un símbolo gigante del deporte internacional. Es más, las 24 Horas de Le Mans integran junto al Gran Premio de Mónaco de Fórmula 1 y las 500 Millas de Indianápolis una Triple Corona del automovilismo, que sólo Graham Hill consiguió en distintos años, mientras que Anthony Foyt se convirtió en el único que ganó dos de esas gemas (24 Horas y 500 Millas) en una misma temporada: la de 1967.

Pero las 24 Horas de Le Mans representan mucho más que una de las carreras de autos más importantes del mundo. Ser protagonista de las 24 Horas -desde el lugar que le toque a cada uno, desde el piloto ganador al simple espectador- significa haber entrado en un mundo diferente para siempre. Único. Distinto a todo. Formar parte de este día entero de adrenalina es mágico. Y así lo sienten todos en esta carrera que comenzó en 1923 con la victoria de André Lagache y René Léonard, quienes recorrieron “apenas” 2.209 kilómetros, cuya 85ª edición se cumplió ayer y que hoy mismo ya empieza a preparar su cita de 2018.

Porque en Le Mans el tiempo pasa tan rápido como circularon los 60 autos (31 prototipos divididos en seis de la categoría LMP1, 25 LMP2, 13 GTE Pro y 16 GTE Am) que ayer, a las 15 horas, 1 minuto y 34 segundos -las 15 se cumplieron durante la última vuelta y por eso se corrió esa fracción de más- cerraron la actividad que mantuvo en vilo a las más de 250 mil personas que se acercaron a esta ciudad ubicada a unos 210 kilómetros al sudoeste de París.

El equipo Porsche LMP, en el amanecer de Le Mans.Foto: EFE

Le Mans vive. De día y de noche. Vive en su gente, que no duerme y que pasa unas siete horas de oscuridad absoluta entre cerveza y carne asada. Vive en las miles de carpas que se distribuyen casi a todo lo largo de los 13,629 kilómetros del circuito de la Sarthé. Vive en esos fanáticos cuya mayoría disfruta sólo por ver a las joyas mecánicas que llegan hasta aquí y que están dispuestos a dejar un promedio de 200 euros diarios en comida, alojamiento y (sobre todo) merchandising. Vive en una auténtica kermesse que está detrás de la tribuna principal y a un costado de la pista, en la que los autos llegan a superar los 325 kilómetros por hora. Vive en los famosos que ponen su dinero para correrla, como sucedió este año, por ejemplo, con Fabien Barthez, el arquero campeón del mundo con Francia en 1998. Vive en la que se considera por lejos la carrera más importante del Mundial de Resistencia, que es visto por más de 81 millones de televidentes en el mundo, con poco más de 560 mil personas que son testigos en vivo durante las nueve fechas del campeonato. Vive en las incontables empresas (desde las grandes automotrices a los pequeños proveedores) que se muestran al mundo y que no dudan en pagar hasta 6.500 euros por cliente VIP para trasladarlos, darles de comer, regalarles vueltas para andar en karting en un circuito propio y subirlos a un helicóptero para pasear por el cielo de Le Mans. En definitiva, se viven las 24 Horas porque se trata de una experiencia fascinante.

La fila india de autos, en las 24 Horas de Le Mans.Foto: EFE

El inolvidable José Froilán González fue el único argentino que la ganó en 1954, cuando decidió correr 17 de las 24 horas, porque había comenzado a llover y él se sentía con mucha confianza para acelerar sobre el piso mojado, dejando en los boxes de Ferrari a su coequiper, el francés Maurice Trintignant. Y otro ex Fórmula 1 como Oscar Larrauri fue el último piloto en celeste y blanco que subió al podio, cuando terminó segundo en 1986. Ellos fueron apenas dos de los siete compatriotas que lograron llegar al final y dos de los 18 que la corrieron hasta aterrizar este año en José María López.

Le Mans está repleto de historias que muchos de los que pasaron la noche en el circuito recordaron hasta el cansancio. Varias de ellas se reproducen en un magnífico museo que es de acceso libre y gratuito en la semana de la carrera. Así se conoce que Eddie Hall fue el único piloto que corrió solo por decisión propia, a pesar de que tenía un reserva llamado Tom Clarke y dio 236 vueltas al circuito -más de 3.200 kilómetros- para finalizar octavo en 1950; que Tom Kristensen es el que más victorias consiguió (9), tras correr con cuatro marcas, imponerse con tres y lograr su primer triunfo en 1997, el año en el que debutó por una lesión sufrida por su coequiper Davy Jones; que el circuito cambió su recorrido en 13 ocasiones y el más largo, de 17,262 kilómetros, apenas se utilizó entre 1923 y 1928; y que Jacky Ickx obligó a modificar el tradicional método de salida, cuando en 1969 entró caminando a su Ford y ganó luego de protestar contra aquel sistema en el que los pilotos corrían hacia sus autos, se subían y aceleraban sin ajustar sus cinturones.

Por último, ¿sabía usted que el quíntuple Juan Manuel Fangio pudo haber ganado en 1955 de no haber sido por la decisión de Mercedes de retirar sus autos tras la tragedia en la que murieron el piloto Pierre Levegh y 82 espectadores y que es considerada la mayor del automovilismo deportivo?

Le Mans 2017 es historia. Y ya forma parte de la historia. Es mito. Es leyenda. Y las 24 Horas es una carrera como no hay otra en el mundo. Por eso es también mágica.

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