Pese al esfuerzo de clubes y escuelitas, no pueden frenar a los padres barrabravas

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Fútbol infantil

Ante la violencia de los adultos, se impusieron medidas para sancionarlos. Entre ellas, tarjetas amarillas y rojas a la tribuna y puntos por juego limpio. Pero las peleas, aún así, se repiten.

En Córdoba. Los chicos de Carlos Dowdall, de Pozo del Molle, y sus rivales de Almafuerte, de Las Varillas posan con una bandera dedicada a los padres que presionan a sus hijos.

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“Yo así no juego más. No me grites”. La bandera sale a la cancha desplegada por los chicos que juegan al fútbol en las categorías infantiles del club Carlos Dowdall de Pozo del Molle, en Córdoba. La primera vez que salieron a la cancha con la bandera fue hace menos de un mes: se acercaron a los chicos del equipo rival -el club Almafuerte, de Las Varillas- y posaron juntos en una foto con ese mensaje. Semanas antes, el papá de un jugador de 11 años del equipo contra el que jugaba Dowdall había insultado a uno de los nenes y el chico se fue muy angustiado. “Es importante que los chicos recuperen el espacio del fútbol como un lugar de juego y de aprendizaje. A través de estas campañas, vemos que los padres mejoran rápidamente, porque a veces gritan, les hablan mal a los chicos, desautorizan al director técnico o quieren atacar al árbitro, y y eso hace que los chicos estén muy presionados”, dice Franco Brincas. Es el psicopedagogo que trabaja con los jugadores infantiles del Dowdall, y el que ideó la bandera que mostraron los chicos.

Esa bandera es una de las varias medidas que clubes, ligas y escuelas de fútbol infantil toman para intentar amortiguar la violencia con la que padres y madres se comportan muchas veces en las canchas. “Lo más violento que me tocó presenciar fue hace algo menos de dos años, en una final de fútbol infantil. Había padres de San Lorenzo y otros de Huracán, y se enfrentaron, terminó todo a las piñas, se tiraron sillas, fue un enfrentamiento muy brusco”, recuerda Fernando Gamito. Es entrenador de los chicos del club El Ideal, de Lugano, y hace tres semanas tuvo que contener a un nene que se fue del entrenamiento llorando. “Me dijo que el papá lo exigía mucho y que eso lo hacía sentir muy mal. Y hablé con el padre para que intente calmarse y me respondió que a veces no encuentra la manera de controlarse”, cuenta Gamito. En una de las ligas que disputan sus pequeños jugadores, para erradicar la violencia que baja desde las plateas, hay sanciones económicas para los padres y madres que provoquen disturbios. “Pero desde este año, además, hay una sanción deportiva. Si un padre es expulsado, se acumula un punto de sanción, y cuando se llega a determinada cantidad, se le descuentan puntos al equipo”, explica.

Fernando Raposo es el presidente de la liga de la Asociación de Escuelas de Fútbol Infantil (AEFI). Se trata de un campeonato en el que no hay puntos entre ganadores y perdedores, pero sí por fair play. “Es una manera de promover el compañerismo y el espíritu deportivo, y en nuestra evaluación para dar o no el punto por fair play entran no sólo los jugadores, sino también los entrenadores y los padres. Hemos llegado a tener que dejar a algún padre fuera de la cancha porque les gritaban a sus hijos que agredieran a un rival o querían pelearse con el árbitro. Y nosotros queremos que vengan a acompañar a los chicos, pero no a copar la tribuna como un barrabrava”, sostiene.

Hace tres años, recuerda Raposo, en un partido sobre el final del campeonato “fueron los chicos los que tuvieron que acercarse a la tribuna para pedirles a sus padres que los dejaran ser protagonistas, es decir, para explicarles que lo importante ocurre dentro de la cancha y no afuera; a los padres les dio vergüenza y al final terminaron aplaudiendo a ambos equipos”. En la liga de AEFI, dice su titular, “todas las veces que un equipo perdió el punto fair play fue por la actitud no de un chico ni de un entrenador, sino de un padre”.

Fútbol infantil en Lanús. Los chicos se saludan tras el partido entre Club Social y Deportivo Presidente Quintana ys La Fuente.Foto: Fernando de la Orden

En el club Lafuente, de Remedios de Escalada, evaluaron qué medida podían tomar para acallar los gritos agresivos que madres y padres soltaban cada vez que iban a ver a sus hijos jugar a la pelota. “Cuando dejamos de vender alcohol en el club, las formas de los padres cambiaron radicalmente. Se nota especialmente cuando vamos a un club en el que sí está permitido el consumo y, para la hora del partido, los padres ya estuvieron tomando un rato largo”, cuenta Tomás De Luca, coordinador de los equipos de fútbol competitivo de esa institución. “Padres exigentes hay en todos lados, todos quieren ganar, pero depende de los formadores poder pararlos en el momento justo”, explica De Luca, que trabaja en el club hace una década, y agrega: “Las agresiones de los padres son, sobre todo, al árbitro, aunque también está el que quiere ponerle presión a su hijo, decirle dónde se tiene que parar y cómo tiene que jugar, aunque ese nene dentro de la cancha esté haciendo lo que le indica su entrenador”.

Para Bringas, que dos veces por semana se reúne con los chicos del Dowdall para reflexionar y jugar, “los gritos a los chicos son una constante; se escuchan cosas como ‘Dale amargo, jugá’, o ‘¿Cómo no vas a llegar a esa pelota?’ o algún insulto al árbitro”. Para ayudar a que los chicos tengan bien clara la diferencia entre el aliento y agresiones como esas es que se pensó en la bandera que intenta ponerle palabras a ese llanto con el que tantos chicos se han ido de la cancha alguna vez, angustiados en vez de contentos por haber jugado.

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