Pedro Mairal: “La paternidad me da mucha energía creativa”

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“Quiero escribir pero me sale espuma”. Pedro Mairal parafraseaba al gran poeta peruano César Vallejo para hablar de la crisis que lo hacía desconfiar de sus propias palabras. “No tengo ganas de escribir una novela. Sueño novelas, pero no me siento a escribirlas.” Entre Salvatierra y La uruguaya pasaron ocho años, tiempo más que suficiente para la desconfianza minara su identidad: ¿puede alguien seguir diciéndose escritor si no publica?

En ese tiempo de “crisis de fe literaria”, Mairal se dedicó a géneros más chicos (“no menores“, aclara): artículos en diarios, columnas, notas periodísticas. Fueron esos textos la manera que encontró para mantenerse a flote, lo que le permitió refundarse.

En esta entrevista, Pedro Mairal habla de Maniobras de evasión (Emecé), un libro que recopila esa “escritura al zumbido de la banda ancha”, que, utiliza la incertidumbre para alcanzar una profundidad, empatía y sensibilidad sin igual. Mairal, sin dudas, ya en las novelas, ya en las columnas periodísticas, es uno de los escritores más brillantes de la actualidad.

Quería comenzar por el título que me hace pensar en Bioy Casares —a quien mencionás en uno de los textos por haber sido jurado del premio Clarín que ganaste con Una noche con Sabrina Love. Bioy escribió Plan de evasión: lo tuyo, decís, son apenas maniobras.

—Había un guiño con eso, claro. En el 98, cuando gané el premio Clarín, una concuñada mía fue al local de una cadena de librerías y le quiso tirar la lengua a la librera: “¿Qué tal es este libro?”, preguntó, y la chica le dijo: “Este es el que ganó el premio Clarín porque es sobrino de Bioy Casares”. Está buenísimo ganar un premio, pero también genera una usina de mala vibra. A veces me angustiaba. Un día les conté esa anécdota a Washington Cucurto y a Fabián Casas, y ellos se empezaron a reír hasta que yo también me reí. Fue una risa muy sanadora. Y Casas me dedicó Oda: “Para el sobrino de Bioy”, puso. Después escribí este texto que se llama, justamente, “El sobrino de Bioy”, donde cuento el camino que ahora se está cerrando, porque voy a ser jurado del Clarín. Son 20 años donde se dibujó un camino extraño, no planeado.

¿De qué hay que evadirse?

—Supongo que todo el tiempo me estoy evadiendo de mí mismo. Siempre escribo varias cosas a la vez y hay una que me tiene arrinconado y entonces escribo otra. O me pongo a arreglar enchufes. Supongo que es algo que también les pasa a los estudiantes. Aprendí que hay algunos procesos creativos que tienen que ver con poner la cabeza en otro lado, medio en automático, y, de un modo muy chanta, estás escribiendo. Después te sentás y quizá te sale mejor. Aprendí a escaparme desde chico. Vivía en un ambiente muy superyoico, donde se esperaba mucho de los niños —sobre todo en los deportes— y, además, fui a un colegio inglés que hacía mucho hincapié en rugby. Y yo odiaba el rugby. Entonces simulaba que jugaba pero no me metía, básicamente porque yo era chiquito y los demás estaban muy desarrollados, y yo la pasaba muy mal. Era una manera de sobrevivir. Después me di cuenta de que en muchos aspectos de la vida hice eso: simular que estaba metido, que soy adulto y pago impuestos, pero una parte de mí siempre está como mirando desde el costado.

¿Cuánto de simulador tiene un escritor?

—Pessoa habla de eso, ¿no? A la hora de escribir sobre una experiencia muy dura, por más catártico que sea un texto, lo estás actuando. O sea: hay una parte de simulación. La escritura tiene mucho que ver con la actuación. Eso se pone de manifiesto cuando hago diálogos y los repaso poquito en voz alta. No los actúo, pero los repaso, los leo y veo el drama sucediendo. Al vestirse de estas emociones, al intentar provocar estas emociones en el lector, siempre hay una simulación porque no estás llorando. En este libro hay un solo texto donde me quebré, que es sobre mi mamá. Después, los textos son la construcción de una emoción, una construcción verbal y vos la estás manejando.

¿Estuviste a punto de dejar de escribir?

—Si uno considera que la literatura es solamente la novela, entonces, sí, estaba con una crisis fuerte. Porque una vez que te metés en el mundo de la figura del escritor, el mercado te reclama. Mi agente literario anterior y las editoriales reclamaban la novela. Ni cuentos ni poesía: la novela, que es el producto del mercado editorial, el ladrillo con el que se construye casi todo. Con esa idea de novela estaba en una crisis muy grande y, de nuevo, me puse a escribir lo que no tenía que escribir. Y me hizo mucho bien y descubrí que la literatura pasa también por los géneros que se consideran menores, como la columna periodística, el cuento corto, la crónica, el ensayo en una revista. Descubrí que podía meter la misma energía verbal en esos textos. No subestimé esa escritura. Escribí columnas para el diario Perfil, artículos para revistas latinoamericanas y argentinas. Por ejemplo, la revista Brando me pidió que me subiera a un camión y acompañe a un camionero en un viaje.

Es, tal vez, el texto más inesperado del libro.

—El periodismo me permitió salirme de mi temario habitual. Esa nota me dio muchos nervios; pensaba que me iba a tocar un camionero que iba a manejar borracho o iba a subir travestis en la ruta. Un prejuicio muy grande. Y fue una cosa totalmente distinta. Un gran tipo, muy prolijo y muy digno. Entendí ese trabajo y entendí lo que significa como engranaje de esa gran fábrica que circula por el país.

En Maniobras de evasión uno lee ciertas situaciones que nunca dijiste, miedos, vergüenzas, y parece que recién te liberás cuando las escribís. No quiero caer en el lugar común del “poder curativo de la escritura”, pero en un punto parece que es así.

—La palabra me salvó. La palabra me salvó cuando había largado la carrera de Medicina y no me animaba a decirlo en casa. Tenía miedo de desilusionar a todos —esto ya lo conté muchas veces— y mentía y decía que iba a la facultad. Todavía no había empezado a estudiar Letras, pero descubrí que quería escribir. Iba a la cafetería de Ciudad Universitaria a leer. Esa entrada en la palabra me permitió atar mis cabos sueltos, las zonas que no veía de mí mismo e incluso convivir con la incertidumbre y el silencio. Hubiera sido muy infeliz sin la escritura o sin la literatura. No me puedo pensar sin la capacidad de articular con palabras la experiencia.

Sin embargo, volviendo a la pregunta anterior, durante un tiempo estuviste lejos del rol del escritor. ¿El gran surubí, aquel relato en verso que publicaste en “Orsai” en 2013, fue lo que te devolvió a la figura de escritor?

—Qué buena pregunta… Lo que pasa que al irme a estos géneros más chicos —no menores— encontré nuevos lectores en los lectores de revistas y de diarios, que es gente que por ahí no compra libros. Entonces, cobrar consciencia de que lo que estás escribiendo lo va a leer gente muy diversa que no viene del palo de la literatura me parece muy rico. Es una posibilidad enorme de comunicación, que es lo que, en el fondo, me interesa. No tanto la figura del escritor sino la del comunicador, del que es capaz de comunicar cosas y provocarle algo al lector. Dejé un poco de lado la figura del escritor de libros; si bien ahora lo estoy revisitando.

Sí, porque, además, Maniobras de evasión llega después de que las reediciones de Salvatierra y El año del desierto y también después de una nueva novela, La uruguaya. ¿La uruguaya te devolvió aquellos momentos de Una noche con Sabrina Love?

—Hay libros que saltan el cerco del lector cultural. Eso me resulta muy interesante. Yo escribo de la misma manera y con la misma energía todo; después, lo que pasa con los libros, me resulta imposible de controlar. Pasó con Una noche con Sabrina Love y pasó con La uruguaya. Casualmente uno se hizo película y ahora estamos trabajando en el guion del otro.

¿Con quién?

—Con Hernán Casciari y Christian Basilis. Probablemente la codirijan Diego Peretti—no sabemos si lo va actuar— y Javier Beltramino. Jorge Drexler está apalabrado para hacer la canción del final, porque le gustó mucho el libro. Me doy cuenta de que Sabrina Love y La uruguaya hablan de un tipo que va hacia una mujer. En Una noche con Sabrina Love es un adolescente de 18 años que gana una noche con una actriz porno, y tiene una candidez y una mirada virgen del mundo. El de La uruguaya podría ser el mismo tipo, pero ya casado y bastante amargo, a punto de separarse. Es un hombre que viaja a Uruguay a encontrarse con una chica que conoció el verano anterior, y también va a buscar unos dólares. Hay una especie de matriz similar en ambos libros. Quizá tendría que esperar otros 20 años y hacer una versión a los sesenta y pico de otro viaje erótico. No sé cómo saldría.

Hablás de matrices que se repiten en tus libros y creo que algo que me convoca mucho de ellos es la relación de padre e hijo. Es algo presente en Salvatierra —la mirada del hijo es casi lo que vuelve artista al padre pintor—, el personaje de La uruguaya está muy metido en el mundo de su hijo, y también en tu anterior libro de columnas, El equilibrio, hablás de tu relación con hijo. En todos tus libros hay una mirada sobre la paternidad.

—La paternidad me da mucha energía creativa. Me rompe los esquemas, me saca de mi egoísmo. Me hace muy bien; yo sería un tipo muy enfrascado. Mis hijos me hacen bien. Tengo un hijo de 16 y una hija de 4. Soy muy vampírico con sus cosas. Por ejemplo, el otro día me levanté y encontré unos monstruos de plastilina de mi hija sobre la mesa de la cocina. Era tal la fuerza y los colores que tenían, que pensé: “Cómo hago para captar esto”. Traté de hacer una canción con eso, que ahora está en proceso. No sé cómo será ser hijo mío, espero que no sea difícil. Los hijos son… No sé qué palabra usar para no sonar cursi, pero es un amor incondicional el que uno tiene. Creo que en La uruguaya exagero el miedo que le da a Lucas su hijo. Es un costado del personaje que me resulta antipático, porque hace hincapié en la dificultad de ser padre. Pero me interesa mucho el tema y en Salvatierra también está. Salvatierra es un poco sobre el misterio de la distancia de un padre y un hijo. Esos 30 años que te separan de tu hijo o de tu viejo son como 30 años luz de distancia. Te separa un montón de tiempo y un montón de diferencias de mundos imaginarios. Sortear esa distancia y encontrarse con el otro no es fácil.

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